domingo, 13 de julio de 2014

_Estudio Bíblico_ LEGALISMO: Lo que Es y lo que No Es.



LO QUE ES

El término “legalismo” o “legalista” no se encuentra en la Biblia, pero el serio error del legalismo es tratado, especialmente por el Apóstol Pablo, quien se gloriaba siempre y sin cesar en la cruz y que era un paladín de la gracia de Dios (Gálatas 6:14; 1:6). Quizás la mejor manera de ver lo que Pablo tenía que decir sobre cómo la carne hace un mal uso de la ley, es leyendo con cuidado la epístola a los Gálatas.

Legalismo y Justificación

Es un nocivo error del legalismo enseñar que la justificación o salvación se obtiene por las obras de la ley. Los legalistas de Judea lo decían de la siguiente manera, “A menos que sean circuncidados según el rito de Moisés, no pueden ser salvos” (Hechos 15:1). Pablo confrontó claramente este error en Gálatas 2:16—“Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”

La ley nos puede mostrar lo injustos que somos (Romanos 3:20b) y así nos muestra nuestra necesidad de justificación, pero la ley nunca puede justificar: “Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de ÉL” (Romanos 3:20). “Pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo” (Gálatas 2:21).

Legalismo y Santificación

La ley no puede justificar y tampoco puede santificar. La ley nos puede mostrar que somos impíos, pero no puede hacernos santos. La clave para vivir la vida cristiana no se encuentra en el Monte Sinaí, sino en el Monte Calvario (Romanos 6; Gálatas 2:20).

Pablo argumentaba fervorosamente que la vida cristiana tenía que continuar en base a la fe, no en una base legal: “Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:2-3). ¡La vida cristiana debe continuar tal como comenzó! “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en ÉL” (Colosenses 2:6).

La santidad no viene por tratar de guardar la ley en la energía de la carne. C.H. Mackintosh definió la legalidad como “la carne tratando de cumplir los preceptos de Dios.” ¿Cuán exitosa es la carne? “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien, porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18 y ver el versículo 24).

El Creyente y la Ley

Hay que tener en mente dos factores claves. Primero, el creyente no está bajo la ley (Romanos 6:14). De hecho, el creyente ha muerto a la ley para que pueda vivir para Dios (Gálatas 2:19; y ver Romanos 7:1-6). No está bajo el régimen de la ley, sino está bajo el régimen de la nueva criatura (Gálatas 6:15).

Segundo, el creyente no está sin ley (Romanos 6:1-2). Hemos muerto a la ley para poder ser unidos a Cristo y por medio de esta relación llevamos fruto para Dios (Romanos 7:4). La vida del verdadero creyente debería manifestar fruto y no libertinaje.

Los legalistas que tratan de ponerse bajo la ley, no guardan la ley (Gálatas 6:13; hechos 15:10), pero aquellos creyentes que andan en el Espíritu guardan la ley por vía del fruto del Espíritu: “Para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Romanos 8:4 y comparar con Gálatas 5:22-23).

Ver nuestro estudio titulado, ¿Cuál es la Regla de Vida del Creyente?
LO QUE NO ES

Obedecer mandamientos específicos de Dios, no es legalismo. “Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos. El que dice: yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él” (1 Juan 2:3-4).

Vivir una vida santa, apartada para el servicio del Señor, no es legalismo. “Pues la voluntad del Señor es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación…pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación” (1 Tesalonicenses 4:3, 7).

Vivir una vida apartada para Cristo y separada de las modas y usanzas del mundo, no es legalismo. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Romanos 12:2).

Conformar la vida para estar en armonía con ciertas normas decididas por líderes guiados por el Espíritu en una asamblea local de creyentes, no es legalismo. “Que os abstengáis de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien” (Hechos 15:29).

Renunciar a mis derechos personales por causa de mi hermano, no es legalismo. “Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite” (Romanos 14:21).

En la verdadera separación, los principios bíblicos son comprendidos y las normas externas son implementadas. En el legalismo, los principios bíblicos son ignorados y las normas externas son exaltadas. En el libertinaje, los principios bíblicos son olvidados y las normas exteriores son despreciadas. La tercera descripción es hacia donde parece dirigirse la mayoría de las iglesias de hoy.

Lo anterior es una paráfrasis de una declaración hecha por Douglas R. McLachlan en el libro “Reclaiming Authentic Fundamentalism.”

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